De vuelta a la furia

Baires, foto by Lizbeth

“Se puede matar todo menos la nostalgia, la llevamos en el color de los ojos, en cada amor, en todo lo que profundamente atormenta y desata y engaña.” Julio Cortázar

El regreso a Buenos Aires fue una síntesis de lo que habían sido los últimos cuatro meses en mi vida: drama y más drama. No podría haber sido distinto. Con un pie fuera del trabajo, con resaca y con la sensación agridulce de volver a dejar Tegucigalpa, mi hogar y mi madre, me subí a ese avión. Llegando a Ezeiza, a la aerolínea que Pablo Escobar mandó a poner una bomba en los noventas, se le ocurrió retenerme las maletas por cinco días y el resto es historia.

Viera me acogió y me dio el abrazo que necesitaba en ese momento. Pero el grillete que uno va arrastrando en el tobillo se lo debe soltar una sola. Me volvió a golpear la nostalgia en cada calle, pero no menos que el látigo asqueroso del neoliberalismo del macrismo. Más mujeres asesinadas, el mismo acoso callejero, la misma mierda de perro embarrada en toda la acera. En fin, la misma ciudad y en su mismo callejón latinoamericano.

No pude evitar compararme hace un año. Casualmente estoy en el mismo barrio que la primera vez que llegué, cuando no conocía nada ni a nadie. Pero tenía que volver a mi amor, a mi San Telmo. Lo recorrí como el primer día. Reconocí a alguna gente, al señor amable de la carnicería que me dejaba más barato el corte de carne, la fiambrería con las dos tipas que nunca respondían los buenos días, entré a comprarles manís crocantes, me sonrieron. La señora de la verdulería a la que nunca le compré porque vendía más caro que en la otra cuadra. Extrañamente me sentí en casa. Pensé en Julio, en los amigos que llegaron a casa y en las eternas tertulias con altas dosis de alcohol, mariguana, mierda verde y todo lo que apendejase, como decía un sabio hondureño.

Pasé por mi antigua calle, Brasil. Toqué al timbre del departamento en el que viví. Me contestó una mujer. Le pedí información sobre el arrendatario, quien nos debe plata. Me mandó a volar. Seguí mi camino y pensé dar una vuelta por el Lezama pero se hacía tarde para ver otra posible casa para arrendar. Me encontré a Carmen, la vecina, la que se pasaba puteando todo el día al marido, Jorge. Esa voz chillante quejumbrosa todavía resuena clarísima en mi cabeza. Me dio un gran abrazo y Toto, su perro nervioso, me puso las patitas en las rodillas. Me preguntó por Julio y su paradero, le dije que venía pronto y que por eso andaba buscando casa. Mentí para ver si así me recomendaba algo (la triste historia de los inquilinos extranjeros en Baires). Le dejé mi número y me despedí. Quizás nunca la vuelva a ver.

La nostalgia es una cosa que no termino de entender aunque siempre me la pase hablando de ella. Me preguntan: ¿qué sentís?, nostalgia, a secas, respondo, pero ¿qué es en sí la nostalgia?. Quisiera caminar y caminar y recorrerme una y otra vez esta ciudad, volver a perderme como antes, con mis audífonos y mi playlist más variada que la comida de Los Dolores. Quisiera encontrarme de nuevo conmigo y darme un abrazo enorme y largo hasta sacarme el aire. Esa sería pues, la mejor definición de nostalgia en este punto de mi vida.

Pero no todo es gris en Buenos Aires. Además de las mujeres increíbles que me tocó conocer en esta primera semana, también encontré un lugar muy lindo para vivir. Un departamento antiguo, en un edificio hermoso con los mismos ascensores del Titanic. La dueña es Vane, un amor. Una actriz y pintora con turbante y trenzas de algunos treintantos con la energía y entusiasmo de una quinceañera. Tiene pinturas suyas colgadas en uno de los living en su cuarto. Tiene muchas plantas, dos gatos, una guitarra y repito, mucha, mucha energía. Energía de la buena, por suerte. Mi otra compañera de casa es Mery, la típica porteña de pelo largo rubio, blanca, baja y con un sentido del humor muy negro. Me cae bien porque me recordó a la legendaria Gladys Morel.

Mi cuarto es pequeño pero muy acogedor. Me encanta la pared roja y la lámpara decorada con platos reciclados. Por fortuna tengo un pequeño espacio para bailar y hacer mis ejercicios ocasionales-necesarios-urgentes. Tengo un motín de café de palo, frijoles rojos, churros y tatascán para el duro invierno, que según dicen, estará más bien caluroso, pero aún así tengo el frío glaciar de mi corazón esperando apapacho y calor.

Dentro de todo y en ese todo realmente cabe todo, he tenido unos últimos buenos días. He escrito, he leído. Le aprendí el gustito a escuchar Jazz, además de la música clásica para ponerme a trabajar. Estoy atrasada con mil cosas. Debo leer un sin fin de textos para las clases, sigo sin encontrar una chance para irme a emborrachar con mi compañera de aventura y bailar (hasta abajo) toda la noche hasta desmayar. He iniciado unas terapias de Reiki, a las cuales, por cierto, estaba un poco escéptica, pero confieso que sentí como mi energía viaja, choca y se reacomoda en cada rincón de mi cuerpo.

Quizás es producto de la propia mente, más placebo que los poderes de alguna mano mágica, pero, me ha hecho sentir mejor. Hoy recorrí la calle Florida, me encontré con una cerigrafía hermosa que pienso colgar algún día en mi próxima y desconocida cueva en Tegus. Mientras tanto, acepto y disfruto mi realidad, con unas cinco libras menos gracias al estrés, sigo caminando y voy reenamorándome de Baires, de sus contradicciones y de su terrible habilidad de profundizarme la nostalgia, mientras me curo yo solita, con la cumbia y los colores del otoño con sabor veraniego.


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