Un último intento para decir adiós

Necesito detenerme aquí. Dejaré enfriar el mate que ahora me tiene con el corazón acelerado yIMG_7698 las manos temblando. Sigue corriendo el youtube mientras Cáscabel araña como loco la puerta de mi cuarto. Ese gato con poderes chamánicos percibe mi ansiedad. No tengo nada qué fumar y salir a correr bajo esta tormenta es quererse poco. Estoy maldita.

Mi cuardernito de niña de primaria es una bóveda llena de cachivaches y es preciso despejar el lugar. Es un resumen perfecto de mi año. Agendas sin cumplir. Calificaciones que no son mías. Apuntes de las clases. Nombres de libros, películas y personas que no recuerdo. Está la primera nota que te escribí en enero, cuando nos volvimos a ver. Una lista de mis deudas, rastros de comida y muchas, muchísimas cosas sin sentido.

Empiezo por la primera, porque siento que ya no tiene más espacio para quedarse. No es que quede algún reconcomio de aquello, es que una de las pocas cosas que he aprendí hasta acá, es a aceptar que entre menos peso llevás en la maleta es mejor.

El primer intento para cerrar esta historia fue el pasado diciembre. En el sur de Chile, en una playa de Concepción. Ahí empezó mi maravillosa relación con la lisérgida. Estaba emprendiendo un viaje (sin metáfora) que no sabía exactamente dónde me llevaría, pero lo entendí en ese preciso momento. Era como una angustia en la panza y el arrebato de salir corriendo a lo desconocido, el mismo que sentí cuando me fui de Tegucigalpa.

Mientras me bañaba en las aguas frías del mar pacífico, con temor a ser mordida por un lobo marino, con los pinos de las forestales asesinas al fondo, en el pleno agujero de la capa de ozono y mi espalda tostándose con el sol, pensaba en vos. Tenía que decirte todo. Nos imaginaba sentados en el piso, comiendo alguno de tus inventos en salsa de maracuyá, con una birria y un porro. Me veía emocionada contándote de mis días en Buenos Aires. Te veía atento escuchándome, como siempre. Pero no olvidaba tu último mensaje antes de contarte mis planes: “No puedo esperarte hasta diciembre, ni siquiera puedo esperarte hasta las cinco de hoy.” A pesar de lo shakesperiano del asunto, lo entendí. El mar me dio la tranquilidad que yo necesitaba para seguir. Pero seguía buscando tu mano.

Al principio confundí la ruptura con la crisis existencial del cuarto de siglo, después con un desorden hormonal y después me puse triste de verdad. Sí, lo puedo admitir varias lunas después: no estaba lista para soltar tu mano. No después de haber conocido la lealtad en tu compañía. De asumir que eras el único con el que podía dormir abrazada todos los días sin sentirme invadida. De acordarme cómo te levantabas a medianoche a consolarme de alguna pesadilla. De tus remedios caseros para mi estreñimiento. De tus colochos y tus rabietas que, a veces, (SÓLO A VECES) me causaban ternura. Ninguno dudaba del amor del otro pero había que continuar caminando. Mientras me acomodaba los zapatos, y me sacudía las rodillas, lloré como nunca.

Más allá de ser consecuente con lo aprendido, o de intentar romper todos los días con los esquemas del amor romántico, no hay manera de saber cómo evitar la tristeza cuando se pierde un buen un amor, que es, a su vez, tu mujer amigo. ¿Cómo se tiene el valor para decirle adiós a quien te cuida? Esa lección la sigo tratando de aprender cada vez que me da insomnio.

Llegar a casa y no verte ahí me rompió un poco. Me salvaguardé en los libros. En la hamaca y en los árboles frutales. Cada vez toleraba menos a la gente. Me fui encerrando en una cueva oscura llena de fantasmas ociosos. Todavía me aterra la sensación, el peligro de regresar ahí sin comida ni oxígeno. Nunca me sentí tan sola y asqueada. Sin música vibrando en el pecho. Me compré aquel cuadernito y escribí un montón de notitas cortas. Algunas para vos, otras para mí. Sólo escribía lo que se me venía a la mente. “¿Dónde estás? Necesito verte.” “Nunca voy a volver a permitir que nadie, menos un hombre, vuelva a gritarme.” “Del socialismo hiposo al fascismo verde. ¿Qué estoy pagando?” Y así, muchas otras notas que fueron formando un entramado de contradicciones que nublaron la vista. Hasta que un último domingo de verano, en el vivo estupor tropical, rompí con todo.

Me agarré el ego con los dedos y lo quedé viendo como el más raro de los bichos. Con la extrañeza de un bebé cuando ve la cara de su madre por primera vez. Lo apretujé con tal fuerza que explosionó y con él, cada célula de mi cuerpo. Quería hacerme polvo y lo logré. Lo que no sabía es que, el verdadero dolor de culo sería levantarme y volver a construirme pedacito por pedacito; apartando lo que todavía servía y tirando lo que ya estaba dañado.

Siempre con el pecho ahogado, con una ristra de drogas prescritas para dormir y otra para la ansiedad que no terminé de tomar porque seguía el insomnio y seguían las ganas de arrancarme el pelo, regresé a concluir la aventura.

Lo siguiente son sólo imágenes. Regresar a la furia para cambiar de nostalgias. En pleno proceso de mutación de piel, la serpiente fue encontrando su verdadero camino. Las risas y el vino. Viera y los colores. La comida sudaca bailando cumbia en mi boca y la voz de las que luchan sosteniendo mi corazón. El aire regresando a mis pulmones ¿y vos? Vos me visitabas con menos frecuencia en los sueños.

Las horas se volvieron más livianas. Mis pies se pusieron más firmes. Tantas horas viendo películas. Releyendo mis terribles relatos. Saliendo a caminar muerta de risa con María en la cabeza. Amando la vida con todo mi ser. Explorando otros cuerpos. Descubriendo otras formas de querer.

Ahí mismo entendí que el adiós frustrado nunca fue con vos, fue conmigo y con los demonios que ando cargando. Los que día a día trato de dejar amarrados al filo de la cama, cuando salgo a la calle, esperando que ya no estén para cuando regrese. Mi dolor era tener que enterrar a la persona que más quiero en esta vida: a mí misma. Esa que estaba reclamando un lugar para no sentirse olvidada. Esa que ya no puede tener más lugar en mis designios.

Y en plena faena de reconstrucción, con las cosas pequeñitas pero extraordinarias que me vienen pasando, te di las gracias y siempre que puedo, te mando mucho amor. No de ese amor que domina y obstruye. De ese nunca más. Ahora las notitas –que por cierto, nunca te llegaron- se vienen distinto y te las escribo cada vez menos, en el mismo cuadernito que hoy empecé a depurar. Me basta con hacerte reír de vez en cuando. Que nos sigamos cuidando así, a la distancia, cada quien en su propio camino, sin pretender que los días gloriosos, o los días horrorosos, nos visiten otra vez.


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