“En Honduras se engendra una revolución”

Estoy segura que esa madrugada pensamos que lo habíamos logrado o que, al menos estábamos a punto de hacerlo: vencer la dictadura por la vía electoral, con todo y mandracada. Salvador Nasralla llevaba ventaja y el tirano JOH, alcoholizado y derrotado, ante el ojo lloroso y vigilante de su sumisa esposa, juraba que la cosa no terminaba ahí. Planearon algo de última hora. Otro golpe letal a este masacrado pueblo. Lo hicieron de nuevo. Cometieron otro grave error: adelantar el parto de la eminente revolución que desde hace una década se viene gestando.

Y no es fantasía. Quizás la esperada revolución, que ya había profetizado el comandante Fidel Castro en 2009, no sea en las montañas o con grupos armados entrenados por venezolanos, como asegura la prensa asquerosa del oficialismo. No, esta guerra será como el antecedente anterior al primer golpe de estado del siglo. Cuando nuestros abuelos y bisabuelos obreros rurales comandaban una huelga bananera que empezaría a escribir una nueva historia en Honduras. Con sólo machetes, piedras, hondas, uñas y palos. Pero sobre todo con una dignidad que atraviesa el pecho y sobrepasa incluso al miedo.

No puedo asegurar si la dictadura conoce o si imagina los alcances de los crímenes imperdonables que ha cometido. Tampoco puedo saber si sienten algún tipo de arrepentimiento. Pero como rezan los imaginarios de nuestras comunidades, los muertos nunca se olvidan y desde el más allá siempre regresarán a exigir justicia. Y han sido muchos, demasiados, Honduras tus muertos.

El asesinato de Don Telmo, así como el de Kimberly, de Isis Obed, de tantos y tantas más que han quedado impunes, nos vino a recordar porqué queremos y debemos quedarnos. Y es que la barbarie nunca deja de sorprender y flagelar profundo. En nuestra memoria colectiva quedará por siempre esa imagen. El viejito con sombrero tendido en el suelo, desangrado y pidiendo por su vida. El campesino que representa al hondureño de a pie. Al que trabajó toda su vida y nunca salió de pobre. El que se vuelve otra maldita cifra más de los miles de hondureños y hondureñas víctimas de un estado saqueador y asesino.

Una vieja Honduras se murió junto a don Telmo y junto a él, lo que nos quedaba de miedo. Ya han sido dos bofetadas y ya no tenemos otra mejía que ofrecer. El dolor puede ser abrumador por ratos, pero puede más la necedad, el instinto y el amor. Quien se quede sentado viendo cómo asesinan a nuestro pueblo también es cómplice, por tanto culpable. No es natural ver y no hacer nada. No entiendo cómo se puede ser ciego/a ante lo abominable. Es verdad. La realidad te va a golpear igual o más fuerte que un balazo en el pecho. Pero te va a pesar más después si volvés a cerrar los ojos y no te levantás del sofá para salir a luchar también por tu propia vida. Es nuestro futuro, se trata de nuestra la libertad. Tan simple como respirar, si no luchamos hoy, nos roban no sólo la casa, también nuestras vidas.

Desde ese memorable 26 de noviembre en el que un heroico pueblo derrotó un golpe de estado, un fraude electoral y una mafia de narcopolíticos, se han gestado los últimos meses para un inevitable estallido. Ya lo profetizan incluso los que causaron daño en el pasado. Quizás arrepentidos y quizás temerosos del futuro. Nunca imaginaron las bestias que convertiríamos toda su represión y su muerte en una revuelta pacífica llena de alegría y risa entre el mismo dolor. La creación de lazos fraternos entre luchadores de cada región, esos que entienden y hasta son expertos en resistir, en aguantar toleteadas y gaseadas, esas y esos compas que te animan cada vez que agachamos la cabeza o caemos derrotados/as, como el señor de Sabá, cuya muerte la tomamos muchos como cercana.

Ver a todo un país movilizado por primera vez unidos en una sola lucha, es indescriptible. Gritando consignas bien rojas que hace ocho años nadie conocía. Como rezando un nuevo rosario que nos vienen a inundar de fe. Fe que un nuevo futuro es posible y que sólo se puede construir desde el pueblo mismo, en la calle, avistado para concebir el verdadero poder que emana de sus entrañas y desde el mismísimo dolor. Que se alisten los gorilas que no tienen más que la fuerza y las manos manchadas de sangre, el parto de refundación a penas comienza y nosotras y nosotros estamos muy sedientos de justicia y libertad.

Resistimos y venceremos.


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