Tegucigalpa y sus monstruos

Para los que somos de afuera, esta ciudad siempre resultará un enigma. Los que nacieron aquí nunca se van a dar cuenta que tan locos están. Y va más allá de alguna metáfora de los inevitables grandes poetas que ha parido Tegucigalpa, este lugar es un criadero de locas y locos que han aprendido a sonreír y nadar en el naufragio, conviviendo con los sociopatas del barrio alto, transitando el infinito hacia el abismo. ¿Por qué insistimos en volver?

Siempre que regreso a Teguz me da ansiedad y las razones sobran. Me vine hace un par de semanas con las mismas maletas de hace dos años. La ropa, casi la misma. Cargando aquel montón de tonteras que nunca utilizo. Tres cajas de libros con la mitad sin leer. En este rato me di cuenta que la acumulación no es buena, en ninguna de sus formas. Por eso creo que debería entrar al verdadero proceso de reciclar e intercambiar cosas que no necesito y que son útiles para los demás.

Si, suena bien lindo, bien hippie, pero la verdad cuesta mucho desprenderse de las tonteritas, aunque sean solo eso, cosas. Así que intentaré transitar esta nueva vuelta lo más ligera posible, aunque en el camino me toque dejar uno que otro raspón.

Es lindo volver. Me pone más alerta. Cuando se vive en la selva una aprende a agudizar los sentidos y los reflejos. Imposible no despabilarse donde se tiene que sobrevivir a diario, de todas las formas posibles e imaginadas.

Pero a las malas me tocó aprender que en esta extraña ciudad es mejor llevársela suave. Cuando se empieza a ver Tegucigalpa como un reto, desde ese preciso momento, se empieza a perder.

Nadie sale vivo del infierno dicen los fanáticos. Estamos atrapados por una horda de bestias, pero esos pequeños ratitos de paraíso no los han podido prohibir. Pase lo que pase, aunque esté la pobre sin árboles, invadida por concreto gracias a un “turco” destructor, Tegucigalpa sigue teniendo su encanto. Es la misma y sus monstruos también.

Todo aquello por lo que una vez salí huyendo estaba ahí, esperándome con los brazos abiertos, prometiendo que ahora sería mejor, mientras cruzaba los dedos. La histeria se siente en el aire donde quiera que vaya. Los verde olivo andan como perros cazadores, asoleados, drogados, asustados. En Olancho la cosa es muy aparte, como siempre. Acá se siente la muerte, la tensión y el cambio mezclados. Más volátil que nunca, fascinante como siempre. Son los monstruos de manos gigantes que caminan ligero, los que me hacen dudar si regresar fue la decisión más prudente. Sigo sin temerles, a pesar de sus garras. Todavía quedan los colores del cielo y eso les aturde.

Quizás sea este otro trampolín para saltar al otro polo. México se metió profundo en mi imaginario, pero todavía no es tiempo de partir. El pueblo de los más bellos atardeceres y de las noches más oscuras, todavía tiene lecciones que ofrendar y yo sigo siendo esponja, con un nuevo as bajo la manga, la eterna gratitud.

Sin embargo, ya no estoy dispuesta a volver a besar los mismos errores. El tiempo se agota y la rueda gira más rápido. Lastimosamente no tendremos mucho tiempo para perderlo en malos polvos y pasiones dañinas. Se puede hacer la revolución enamorada pero jamás con los peligrosos y tentadores amores de televisa. No soy yo quien le dice no a la intensidad, pero ahora se trata de buscar el equilibrio dentro de la barbarie. Economía de emociones, dice mi buen amigo el Pachacutl. (Esa manía de los sabiondos de querer conceptualizarlo todo.)

Es difícil verlo todavía, pero siento que cada vez la ciudad va quedando más sola. Realmente se siente un después del desastre. Otro, sumado a los tantos que ya habían. Y me intriga tanto. En el fondo sigo pensando qué me hizo volver. Los machos disfrazados siguen ahí, la mayoría de mis amigas ya son madres o andan en ese ship. Mi mejor amigo vive en otra ciudad porque ya se volvió intolerante al feeiling poser de los círculos intelectualoides capitalinos. No lo juzgo ni un segundo, pero no se da cuenta que también es parte, aunque se mude de continente. Y esto tiene este bendito país, nunca te suelta. Vos trataste, intentaste buscar un sendero que te alejara lo mas lejos posible, pero siempre te devuelve al centro, a tu madre, al ombligo.

Mi altar de las interrogantes más complejas. Teguz me ha hecho reflexionar seriamente por la salud mental de muchas personas y la propia. Pero también me ha dado la oportunidad de conocer magas y magos de alma blanca que me van dejando saberes. Yo, que no soy tan ágil para aprender a la primera, me siento dichosa que esta cueva sea chica, así esta mas cerca la luz. Este es el lugar ideal para un artista que busca sentir, que busca la vida en las fosas de la calaca. Lo que no puede ser siendo, así es Teguz.

Fue tentador volver a la vida que dejé hace un par de años. Le prometí a mi primera ciudad de la furia que sería la única y así fue. Volví y ya casi que me quiero ir. No sé a qué seguirá jugando Teguz conmigo, su misticismo hace ratos me atrapó y sabe que no podré estar mucho tiempo lejos. La maldicion del migrante es no volver a sentirse en casa en ningún lugar pero ella me hace sentir que no pasó ni un día. Como una loca más en la tierra de la locura, sin rencores, le sigo dando las gracias todos los días por enseñarme a sobrevivir y a ser fuerte en esta jungla de sangre.

Llegarán otros tiempos y tal vez siga ella impávida. Los monstruos que vienen en forma de dioses con una lengua maldita a decirme lo que yo siempre quise escuchar, ya no podrán tocarme, ni el alma, ni el cuerpo. Pero hoy asumo este reencuentro en medio del caos como otro camino que nos va llevando hacia algún lado, -desconocido- pero va caminando y eso es, al final, lo que suma en la nada, lo que nos hace ver la vida -aunque sea en el hoyo- como el hermoso milagro que es.


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